viernes, marzo 28, 2008

La vida en las chabolas de Bilbao

JOSÉ MARI REVIRIEGO j.m.reviriego@diario-elcorreo.com

La vida en las chabolas de Bilbao

Bilbaínos de otras tierras recuerdan las ilusiones y miserias de su vida en los poblados de Artxanda, el derribo y su traslado a Otxarkoaga, en agosto de 1961.

Cuando Julia, Benjamín y Cristina llegaron a Bilbao se podía arrendar un burro en la estación del Norte para subir hasta las faldas de Artxanda el baúl, en cuyo interior estaban ordenadas con mimo y olor a tomillo del pueblo las pertenencias más preciadas de la familia. Allá arriba, en las laderas embarradas, crecían los poblados de chabolas, levantados a mano por sus propios habitantes, llegados de otras regiones en busca de jornal. Aquí no había agua ni luz. Las casas, de madera o ladrillo, eran un simple hueco para camas y cocina de chapa, con tela asfáltica como techo o, con suerte, teja. Como baño, un orinal. Para limpiar la ropa había que bajar hasta los lavaderos de Deusto y Elorrieta. Y luego subir. Siempre a pie porque no había transporte ni dinero para pagarlo. Supervivencia y dignidad.

Así era la vida en los poblados de Artxanda, el hogar de Julia Manzanera, Benjamín Herrera y Cristina Conde en los años cincuenta. Como otros miles de emigrantes, vivieron en estas condiciones hasta agosto de 1961, fecha en la que estos pueblos olvidados de la memoria se derribaron por orden de Franco. Sus habitantes fueron trasladados a Otxarkoaga, barrio de nuevo cuño construido con celeridad en una vaguada para poder poner fin al chabolismo.

Las vivencias de Julia, Benjamín y Cristina resumen el capítulo más duro del desarrollo de Bilbao tras la Guerra Civil, ilusiones y miserias en las que muchos se ven identificados. Vinieron a Bilbao por miles, desde Castilla, Extremadura, Andalucía, Galicia, Cantabria... atraídos por un poderosa motivación, la que hoy también mueve el mundo: sobrevivir, un futuro mejor. A veces, por pura necesidad, ya que «en el pueblo no había nada que comer». Bilbao fue el escenario de un movimiento migratorio quizá superior al que se está produciendo hoy con la inmigración. En vez de extranjeros, eran emigrantes de otras regiones de España. En diez años, la población ganó más de 100.000 personas, de 238.000 en 1955 a 348.000 en 1965 -casi el censo actual-.

Tras ahorrar para el viaje en tren, muchas familias no tenían dinero ni para vivir de patrona. No quedaba otra que mirar a las laderas, furtivas. Allí, con la ayuda del vecindario, se podía levantar una casa en una noche, a hurtadillas de la Policía, en la que cobijarse hasta que la prosperidad les permitiera bajar y residir en la ciudad.

Un trozo de galleta

Los poblados de Artxanda eran los más grandes. Y de ellos, dos: Monte Banderas, que tenía hasta iglesia, y Monte Cabras. En el primero, el solar se compraba a una familia. En el segundo bastaba con tender cuatro cuerdas y reservar una finca. En ambos casos, sobre un terreno con riesgo de desprendimientos. Mirar atrás es una mezcla de «fabulosos recuerdos» de la niñez y «perra» juventud.

Benjamín comenzó a trabajar con once años y medio de recadista en Particular de Indautxu porque «había que aportar». Un bocadillo en Doña Casilda y a pie a casa, en el Monte Cabras, donde convivía en una chabola con diez familiares y la alegría era un trozo de galleta, compartida.

Julia Manzanera, que vivía en el Monte Banderas, recuerda que entonces se trabajaba toda la semana -su padre lo hacía en un taller de troqueles en Doctor Areilza y los domingos, de acomodador en un cine-. Ella empezó a los 13 años como ayudante de modista en la calle Ercilla: «Todo el día fuera de casa y luego cuesta arriba, sola, de noche. Pasaba un miedo por el camino...».

Junto a su marido, Cristina Conde sacó adelante a sus cinco hijos en el Monte Cabras. «Di a luz al quinto, una niña, un 13 de diciembre en Cruces y al de dos días ya estaba en casa, bajando al lavadero. Llovía y, cuando subía, me caí, manché la ropa y otra vez a lavar».

La situación se hizo insostenible a finales de los 50. Una crisis laboral dejó a muchos hombres sin trabajo durante meses. Impotentes, sin nada para dar de comer a los hijos, algunas madres bajaron a pedir a la sección femenina de Zabalburu, donde daban vales de comida. En Ollerías Altas, las cocinas de la Falange repartían un cazo de cocido por niño. En Bombero Echániz, en la 'gota de leche', botellines para bebés. Y para arriba, con toda la carga a cuestas, llorando. Es muy duro admitir que no hay siquiera para comer. Eso es la pobreza.

Muchos descendientes de la generación de las chabolas han crecido sin conocer las calamidades que sufrieron sus padres porque éstos evitaron contar a sus hijos lo más duro por pudor, tal vez, a un pasado de chabolista. O sea, que cuando miren a sus padres en silencio, a su madre, sentados juntos en una comida de domingo, deben saber que en esas manos encalladas, en esas arrugas, en ese dolor de piernas, hay mucha dedicación, esfuerzo, mucho amor. Seguro que ya lo saben porque no hay de qué avergonzarse.

El poblado del Monte Banderas fue derribado por el Ejército el 29 de agosto de 1961 a golpe de piqueta y dinamita, después de una visita de Franco a Bilbao en la que ordenó erradicar el chabolismo. Al parecer, el dictador vio las casas de Artxanda desde el Arriaga durante una cena, siendo alcalde Lorenzo Hurtado de Saracho. El resto de asentamientos -Ollargan, Los Caños, Campa de los Ingleses- corrió la misma suerte en la 'operación chabola', concebida para cambiar «una residencia indigna por una humanizada», según las crónicas. El hacinamiento, además de ser terrible para sus moradores, dañaba la imagen de un régimen que se volcaba en el desarrollismo.

Los nuevos hogares

Los vecinos de las chabolas fueron trasladados, algunos en camiones militares, a los más de 3.000 pisos levantados en Otxarkoaga, embrión de Viviendas Municipales, la sociedad que gestiona el alquiler para las rentas más necesitadas. Eran hogares modestos, de apenas 50 metros, pero cómodos. «Teníamos cuarto de baño, duchas. Podíamos lavar en casa, había grifo, luz... ».

Cuando llegaron a Otxarkoaga no había calles, ni iglesia, ni autobuses. Se trató de un desembarco tan precipitado que las obras de urbanización se han prolongado hasta nuestros días. Hasta se echó estiércol en los jardines para que crecieran antes de la inauguración, presidida por Franco. Y vaya si lo hicieron, pero «cómo olía».

Para los vecinos las viviendas fueron una bendición, pues se olvidaron así de subir al monte para hacer las necesidades, de lavarse por partes en un barreño -o bajar a los baños públicos de Atxuri- de ir a la fuente con un balde improvisado en una lata de queso de racionamiento con una cuerda por asa. De poner un bidón bajo el canalón para aprovechar el agua de la lluvia. Adiós al carburo.

Apenas quedan documentos gráficos del chabolismo de Bilbao. El mejor es un cortometraje titulado 'Ocharcoaga', promovido en 1961 por el Ministerio de Vivienda bajo la dirección de Jordi Grau. Este trabajo, que recogía durante diez minutos la vida en los poblados, su derribo y el realojo en Otxarkoaga, se daba por perdido -hasta el propio autor desconocía si existían copias-. Pero la película se ha conservado casi cincuenta años después. Hay un negativo en la firma madrileña Fotofilm y el laboratorio de la Filmoteca Española ya tiene una copia, en respuesta al interés del Ministerio de Vivienda por recuperar la obra. Aunque su técnica dificulta el telecinado, la reproducción es posible.

El mejor documento es la memoria. El miércoles -29 de agosto, aniversario del derribo- Julia, Benjamín y Cristina visitaron el Monte Banderas y descubrieron, con emoción, que aún quedan ladrillos entre los escombros, vestigios de sus hogares. «Aquí, hace cincuenta años, había vida», comentaron. Muchos han muerto ya, pero el recuerdo se mantiene. Tras el desalojo de los poblados, Julia y Benjamín, ambos de 61 años, se conocieron en Otxarkoaga y se casaron. Cristina, de 77 años, es viuda y tiene seis biznietos.



«No había nada que perder»

Los habitantes de las chabolas destacan la solidaridad que había entre las familias vecinas en su lucha por prosperar

Benjamín y Julia vivieron de niños en los poblados de chabolas de Artxanda. Cristina lo hizo joven, pero ya casada y con hijos. Estas son sus historias.

LUZ CON GASA Y ACEITE

Cristina Conde llegó a Bilbao en 1941 desde Santander, tras el incendio que «machacó» la capital cántabra. «Mi padre, que tenía un restaurante, lo perdió todo. Además, las tropas nacionales lo cerraron. Al principio nos instalamos en la calle Bailén, número 24, en una habitación. Mi padre murió, me casé y fuimos de patrona a Labairu, pero los que regentaban la vivienda no querían críos en casa. Nos fuimos a Barakaldo con los cuatro hijos, a una habitación que le quedó libre a mi hermano. Luego me enteré que unos parientes vivían en el Monte Cabras y que había albañiles entre ellos. Decidimos ir a una zona que se llamaba La Picota. En una noche levantamos la casa, construida con bloques de cemento. Por el día venía la Policía y nos decía 'cómo se les ocurre hacer esto, si es ilegal, les vamos a denunciar'. La denuncia no llegaba nunca; en realidad, nunca vimos que se derribara una chabola. Vivíamos siete en casa, donde nos hemos llegado a alumbrar con gasa con aceite. Como no había escuela, una vecina daba clases a mis hijos por cinco pesetas al mes. Con catorce años empezaron a trabajar en cafeterías».

LA VISITA DE LA POLICÍA

Benjamín Herrera vino en 1957 a Bilbao, procedente de Villaverde de Medina (Valladolid). Tenía 11 años. Su padre trabajaba en la construcción, en La Asturiana -posteriormente fue una de las constructoras de Otxarkoaga- y en verano regresaba al pueblo a segar. «Mi tío hizo la chabola y la familia decidió venir. Estuvimos 4 ó 5 meses en el camino Berriz y posteriormente nos trasladamos al Monte Cabras. Por la noche mi difunto padre nos daba un cincel y un martillo y nos poníamos a construir la chabola».

«Había una solidaridad impresionante entre la gente. Todos echaban una mano. Es que vivíamos juntos. Había una partera en el barrio, la señora María, y si los hijos se quedaban solos siempre se hacía cargo de ellas alguna vecina. Por el día se pasaba la Policía y nosotros metíamos en casa a una niña pequeña que comenzaba a llorar. Los agentes así no entraban, tal vez se apiadaban de nosotros. La vida se hacía luego en la calle, en el cachito. En realidad, estábamos todo el día fuera de casa, trabajando. Bajábamos y subíamos andando. A veces, nos colgábamos del remolque de un camión que subía a la escombrera. ¿Que cómo fuimos recibidos? Bien y mal. Nos llamaban coreanos, pero había gente cariñosa. Sentí un poco de desprecio, a veces, pero más por parte de la burguesía. Mi padre hablaba muy bien de la gente de pueblo, de Ondarroa. Nosotros vinimos a trabajar, honradamente».

LA LLUVIA TIRÓ LA CASA

Julia Manzanera, esposa de Benjamín, señala cuál era el secreto de la hermandad: «Como no había intereses, no había nada que perder. Yo vine con 7 años desde Villabuena del Puente (Zamora). Primero a Sestao, a una habitación con derecho a cocina, con mis padres y hermana. Por mediación de uno del pueblo, nos trasladamos al monte Banderas. El terreno se compraba a Urquijo, que era dueño de la zona. Teníamos escrituras. Hicimos una chabola de madera y otra de ladrillo en la pendiente de la ladera».

«Vivíamos seis personas en una casa común con mis tías. Un día, una lluvia torrencial tiró abajo la casa y escapamos por los pelos. Con la ayuda de los vecinos y del cura del barrio, don Jesús Martín, la levantamos de nuevo. Mi padre, cuando llegaba de trabajar, subía la garrafa y el caldero lleno de agua, cogida en la fuente de Deusto. También recogíamos el agua de la lluvia en bidones. Con trece años empecé a trabajar para una modista, aunque antes, en verano, era recadista en Jado. Hemos pasado muchas calamidades. Por eso tenemos que ser más comprensivos con la gente que viene de fuera. Nosotros estamos ahora en la orilla buena. Ellos vienen de la mala, y esa nosotros ya la conocemos».


Tomé partido por la gente

Jordi Grau Solá


El Ministerio de Vivienda encargó el documental 'Ocharcoaga' a la productora Procusa, que era del Opus, a través de Gabriel Arias-Salgado (ministro de Información y Turismo), Gonzalo Fernández de la Mora (Obras Públicas) y Alberto Ullastres (Comercio). Y Procusa contactó conmigo porque yo había hecho para esta empresa tres o cuatro cortometrajes y, además, produjo mi primera película, 'Noche de verano'. Quince días antes de rodar, estuve en los poblados de Bilbao, vi todo aquello e hice un guión. Consistía en retratar a la gente que vivía en las chabolas, la construcción de Otxarkoaga y la destrucción de las chabolas el 29 de agosto de 1961. Una cámara se movía suavemente entre la gente y mostraba cómo se vivía allí. Había precariedad, hacinamiento, se convivía con animales de corral, pero también existía cierta confortabilidad. Había alguna nevera, cosa que me sorprendió. La banda sonora de esa parte era un silbido, una canción. Y retraté Otxarkoaga de forma abstracta, recurriendo al estilo de Mondrian, muy lineal, con música electrónica. En ambos casos, Antonio Pérez Oleaga, ya fallecido, compuso la banda sonora.

Se hizo todo en una semana. Como tenía prisa trabajé con dos equipos. Uno preparaba escenarios y el otro rodaba. Luego se montó. Ahora me acuerdo. El cortometraje empezaba con una serie de planos, casi yermos, de gente trabajando, de gente que se iba a Bilbao. Rodé en unos campos secos de Guadalajara, campos de Castilla, a gente del pueblo saliendo al Norte, al País Vasco, que se veía verde y fértil.

Los del Ministerio de Vivienda estaban encantados con el resultado. Me dijeron que con un tema tan árido había hecho una cosa poética. El problema vino cuando lo vio Franco. Dijo: «muy bien, muy bien, pero no se ve a gente contenta en Otxarkoaga». Fue el único que se dio cuenta. Había un plano donde se veía el interior de una chabola, con un perchero en el medio como si fuera un árbol protector, rodeado de maletas. El desarraigo otra vez.

Debido a lo que había dicho Franco, tuve que rodar unos cuantos planos más de gente que saliese alegre en Otxarkoaga. Grabé a unos vecinos comiendo unos huevos fritos y otros por la calle. Lo hice en un día soleado porque los planos de las chabolas estaban rodados en un día gris. Fueron tres o cuatro planos nuevos para contentar al 'jefe'. Evidentemente, el documental tenía una finalidad propagandística, pero yo tomé partido por la gente, sin demagogia. En todo momento lo hice desde el punto de vista humano.

1 comentario:

  1. Anónimo10:49 a. m.

    Gracias al autor por sacar a la luz este tipo de información. Tengo 28 años y no tenía ni idea de que algo así pudiera haber ocurrido. L averdad es que me parece interesantísimo todo esto. Hay algun libro que hable con más detalle de estas cosas sucedidas durante esos años?
    brizuman@hotmail.com

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